SÁBADO 14 DE DICIEMBRE, 2019
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Tuxtla Gutiérrez, Chis
Lunes 21 de Octubre 2019, 19:21 hrs
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Tuxtla Gutiérrez, Chis, a 21 de Octubre de 2019

¿Qué pasa en Chile?

Por José Baroja, escritor invitado


20 de octubre de 2019


¿Qué pasó en Chile? ¿Cabe alguna otra pregunta? Pienso que hoy, 20 de octubre, en Santiago, a quince minutos de que por segunda noche consecutiva se establezca “toque de queda”, además de esa, solo caben aquellas interrogantes que se abrazan de la incertidumbre con respecto a lo que vendrá mañana o pasado o más allá. ¿Qué pasó en Chile? No dejo de preguntarme, sobre todo si hacemos el rápido ejercicio de recordar las palabras, esas notables palabras, que Sebastián Piñera, presidente en ejercicio, vendiera al Mundo el pasado miércoles 9 de octubre, por cierto, con esa arrogancia que solo la élite puede permitirse: Chile es “un verdadero oasis”. Un oasis para algunas y algunos, cierto, pero solo para algunas y algunos. “Oasis”, desafortunada metáfora que le explotaría en la cara revelando su verdadera deformidad, a partir de un simple acto de evasión originado por treinta pesos adicionales en el boleto del metro de Santiago. Treinta pesos que acabarían, como bien he leído por ahí, siendo símbolos explícitos de un descontento ya acumulado por treinta años. Qué duda cabe, una semana después de la “frase del bronce” nos encontramos en un escenario que deja clara la miopía de la “clase política”, demasiado cómoda en sus sillones, en sus sueldos, en sus dietas, etc., etc. 


Una semana después, tras absurdas declaraciones de una élite lejana al pueblo, bromeando sobre el alza o sobre las acciones contra esta, e incluso apelando a la moral de la ley como el máximo estandarte de una Democracia, vemos a la gente saliendo legítimamente a las calles, cacerola en mano, gente, en su mayoría, sin nada que perder, pues esos estudiantes de secundaria lograron lo que ningún partido político en Chile, más preocupados de obtener el siguiente gobierno que de gobernar, hicieron consciente a la ciudadanía, a la mayoría por lo menos, de cuánto ya habían perdido en manos de esos otros, más otros que nunca; gente que, confirmando la incompetencia de nuestros gobernantes, se encontraría frente a frente con una escena de otro tiempo: militares ordenados para la represión como respuesta automática ante el no saber qué hacer. De regreso a 1987. No es broma. Desde el viernes no encontramos con militares apareciendo en la calle, después de 31 años, siendo la brillante solución de unos pocos, en plena Democracia. En serio, lo único que pensaron frente a esto fue tener a policías recibiendo en carne propia el odio que se han ganado por su inconsecuencia entre gran parte de los jóvenes; y, por supuesto, con la mesa servida para algunas y algunos delincuentes que se aprovecharían sí o sí de la ocasión, una sospechosa ocasión, pues extraña el cómo (no) se ha resguardado lo que se supone había que resguardar. Yo mismo ahora veo a mis vecinos protegiendo la vecindad, en ausencia de autoridades que deberían siquieran rondar por acá. Los invitó a informarse: hay muchas cosas raras desde el pasado viernes. Ahora bien, en tal contexto, y dada la situación de hoy, pienso que deberemos entender el llamado del Ministro de Interior a que la polícia y los militares ejerzan como “fuerzas de orden” como lo que es, un llamado a ser “fuerzas de represión”, de gente que no conoce otro modo de actuar; en nada lo ayuda alguna foto extraviada junto al otrora General. Incluso no faltó gente de izquierda aprobando la represión. Si profundizamos un poco, pese a todo, deberemos comprender que todas estas cuestiones tienen una explicación más profunda que simple delincuencia dentro de un estallido social como este; explicación a la que, lamentablemente, muchas y muchos le hacen el quite, acostumbrados al discurso imperante dentro de un modelo que promueve el poder del capital y de la propiedad privada, un discurso que busca un “enemigo” que en esta ocasión no está. El descontento es inorgánico, no hay enemigo al que atacar. He ahí la confusión. ¿Qué pasó en Chile? Quizá sea necesario profundizar en lo acontecido, ahora que veo en la calle a los legítimos dueños de Chile, la ciudadanía, deteniendo a esos otros, a esas otras, nacidos y nacidas de una educación creada con calzador. Un amigo, escritor también, Jesús Diamantino, decía que este es un acto contra un monstruo que se creía intocable y que, en consecuencia, ahora sí nos temerá ¿Qué pasó en Chile?


Chile no volvió a la democracia de manera saludable. Comencemos por ahí. El traspaso del poder fue acompañado por cierto “contrato social” de no agresión que incluso incluyó el instalar al Dictador en pleno Congreso. Un absurdo, pero aparentamente funcionó. Sin embargo, este pacto social comenzaría a hacer agua probablemente desde el año 2000. “Falla estructural” suele llamarse a un desperfecto capaz de derrumbar todo un edificio. Bien, hoy podemos decir que esa “falla estructural” si  no fue vista por las autoridades fue por una mera acción de autocomplacencia, tal vez drogados por números y números, pues los indicios de que estaba allí no fueron pocos. Los “jaguares de América” o “los ingleses de América” eran categorías demasiado valiosas como para despreciarlas si asumimos además el arribismo histórico y cultural de nuestras élites criollas. Y sí, el país crecía con indicadores notables, lleno de loas desde el extranjero, “el milagro chileno”; alabanzas que servían para rascarse las espaldas entre ellos, entre ellas, siendo grupo porcentualmente pequeño, empero relevante aquí si revisamos cuánto del país poseen. ¿De quién es el país? ¿No gobernaban la hoy oposición? ¡Patrañas!  Si examinan la historia reciente de Chile, Ricardo Lagos, primer presidente de izquierda después de la dictadura cívico-militar realizó tantas concesiones económicas que no sería disparatado hablar del suyo como el gobierno que legitimó las privatizaciones de un gran todo; además nació el Transantiago, sistema de transporte lanzado oportunamente antes de la elección de Michelle Bachelet, blanqueada como nunca en la propaganda política de ese año, casi la virgen de los pobres, todo esto, dentro de una ciudad que no estaba lista para estos cambios siendo sufridos directamente por quienes no debían sufrirlo; lo del sistema de pensión es otro tema, las famosas AFP consiguieron con él, lo que no conseguirían después con la mismísima derecha, supuestamente, más cercanas a su color. Con Bachelet y Piñera se acabarían profundizando estos temas. ¡Qué duda cabe hoy! 


Después empezaron las marchas, el 2006 y el 2011 fueron memorables, puesto que los estudiantes estuvimos en la calle como no pasaba desde hace mucho; sí, yo era estudiante en aquel instante. “Falla estructural”, ¿recuerdan? Reclamábamos por una educación justa y... bueno, acabaríamos consiguiéndola a medias, pues los gobiernos de turno harían arreglos en función de sus propios intereses. Los créditos abusivos, las deudas vitalicias por pagar continuaron y la calidad, pues decayó, porque lo importante la educación superior ya no fue la formación del estudiante si no el mantenerlo dentro de la universidad y ojalá publicar sin fín de artículos académicos que, probablemente, acabarían en el fondo de una biblioteca. Tiempo más tarde, casi en un chiste que se cuenta solo, las marchas comenzaron incluso a ser programadas, por lo que terminaron perdiendo su valor como protesta y, por ende, tomándose poco en serio. Había que pedir autorización para marchar. ¡Qué carajo!  ¿Qué quedó de todo eso? Algunas cosas buenas, sí, pero restringidas en función de una desigualdad estructural insalvable y de una élite sumamente cómoda en su posición, enriqueciéndose más a costa de todas y todas. Además, jóvenes y prometedores políticos acabaron atados y atadas por decisiones en bloque, mientras se acostumbraban poco a poco a las características de un Congreso que tampoco daría la talla. Sí, Chile creció, se modernizó, seríamos injustos de negar esto, sin embargo también lo seríamos de no declarar que al mismo tiempo que en la superficie se nos mostraba como parte de un país en camino al Desarrollo, qué gran frase, la educación pública agonizaba, vean lo que ha pasado con el Instituto Nacional, emblema de la educación pública; mucha gente seguía sin salud digna, no nuestras y nuestros honorables, quien gozan, en su mayoría, los privilegios de la salud privada; las pensiones se volvieron una mala broma del sistema, pésima broma hasta el día de hoy; y con el tiempo se descubría que aquello de ser el país menos corrupto de Latinoamérica era en realidad una pantalla para decir que somo el país en que menos nos atrapan. Luego vinieron las colusiones y una sociedad enmarcada por el Consumo, por el Mercado, que no tenían las herramientas adecuadas para hacerse escuchar por quienes decían escuchar. Solo decir que la “clase política” aún posee sueldos 33 veces más altos que el sueldo mínimo en un país de por sí carísimo para vivir; a lo que suman los descarados aumentos en sus cuotas, con nuestros impuestos; el  desdén frente a la estructura del país y una ceguera propia de quienes se sentían, incluso sin saberlo, parte de la élite. El viernes hubiera sido gracioso preguntar cuántos sabían el valor del boleto del metro. De este modo, Chile como modelo del neoliberalismo, como paraíso del 1%, como experimento extremo del Capitalismo, llega a su fin hoy —espero— exigiendo un camino de reestructuración, de renovacíón, digamos, del pacto social fallido durante tanto tiempo.


¿La oposición? Segura de su reserva moral ante la Dictatura cívico-militar se durmió en sus laureles hasta que esta reserva se agotó completamente permitiendo así a la Derecha retomar el poder que antes conllevara junto a los militares. La antigua Concertación, ahora Nueva Mayoría, dejó de ser una alternativa válida ante las personas y con justo derecho después de cuatro gobiernos seguidos. No nos engañemos: ambas fuerzas en el fondo se revelaron como demasiado cercanas como si todos fueran parte de una pequeña y acomadadísima familia del barrio alto. Como dijo Nicanor Parra: “La izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas”. Mismos vicios, misma lógica de élite, políticos, al fin y al cabo, agrupados muchas veces en pro del bienestar y la decisión de sus partidos más que por otras convicciones mucho más humanas; otros preocupados ante todo de la pantalla y el matinal provocando aún más el encono de personas que se sentían ridiculizadas por sus intentos de parecer más cercanos. La oposición o el gobierno comenzaron a estar más preocupados de la siguiente elección que de gobernar para sus verdaderos empleadores, nosotros, nosotras, los ciudadanos; aun cuando, es posible, que otros los beneficiaran más entra tanto lobby y correo “secreto” que se destapó. Dictar leyes a favor de los de arriba tarde o temprano tiene consecuencias. En otras palabras, la clase política chilena se alejó tanto de la gente, que la brecha se estiró y estiró sin que se dieran cuenta hasta resultarnos irreconocibles: ya no caminaban entre nosotros, entre nosotras, sino que nos veían desde lejos, suponiendo lo que “el pueblo necesitaba, pero sin el pueblo”, y sin tocar sus propios intereses. La mala educación no solo es cosa de los de abajo o de los del medio, es también de los y las que están arriba, seguros de su intocabilidad. 


Luego, la impotencia, el rencor, la rabia, el enojo son cuestiones que crecerían, más allá de la resistencia de las mismas personas de a pie de no violar la institucionalidad: otro de los slogan que los gobiernos de Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera vendieron hacia el exterior como la verdad, al mismo tiempo que se regían por estadísticas que hablaban de un per cápita altísimo, pero tan real como solo la estadística puede ser. Cómo será que hace poco un estudio estableció prácticamente inalcanzable para el chileno promedio el tener una vivienda propia en Santiago. Cómo será que desde mucho antes del 2015 se viene advirtiendo la posibilidad de un estallido social. Cómo será que un 70% de la clase media chilena es inestable, porque basta un pequeño soplido para transformarla en pobre: por eso a la clase media se le enseñó a tenerle miedo al pobre.  Y llegamos al lunes 14 de octubre de 2019.


Un grupo de estudiantes secundarios decide evadir el metro, motivados por un alza que lo convierte en uno de los transportes “públicos” más caros de Latinoamérica en relación con el ingreso mínimo de la gente. Este factor es importante, el “ingreso de la gente”, pues las estructuras de cálculo entre cada país es distinta, siendo la referencia más real el saber cuánto gasta alguien con respecto al cuánto gana. Sin duda, en Chile la diferencia es abismal, si consideramos que los índices de desigualdad dentro del país son meno que en naciones como Nicaragua o Guatemala, más allá de que algunos, algunas, de esos pocos, estén más preocupados de la organización de la APEC. En tal sentido, las declaraciones del Presidente de Metro Louis de Grange, quien plantea que este “es el único en Latinoamérica en el que la gente puede usar Metro y después no pagar un transbordo por usar los buses”, son a lo menos sesgadas y, visto desde el ahora, demasiado obtusas e insensibles. Tanto como el cuño de afirmaciones realizadas por políticos de gobierno desde el día lunes, entre las que podemos destacar las inoportunas, por no decir estúpidas declaraciones de Juan Andrés Fontaine, Ministro de Economía, Felipe Larraín, Ministro de Hacienda, Gloria Hutt, Ministra de Transportes y de Juan Enrique Coeymans, Presidente del Panel de Expertos del Transporte Público, panel de experto que merece mención aparte, pues es el encargado de calcular el valor de este, ajenos a la realidad de la calle, entre cuatro paredes sobre la base de factores previamente establecidos, pero que, por ley, no permiten el decenso del precio. En términos sencillos, si sube el dólar, el cálculo puede decir que el boleto sube; mas si el dólar baja, este boleto mantiene su precio hasta la siguiente alza de la divisa, que hará que suba nuevamente. Cosas de este tipo, obviamente, generan un descontento que crece como la marea a la par de los dichos y del silencio cómplice de muchas y muchos parlamentarios durante estos días, los que no pasaron más allá de una opinión; excepto los más extremistas como suele ser el caso. No es de extrañar, de todas formas, que el sábado 19, ya desatado el caos, muchas y muchos surgieron para decir que esto se veía venir, sin darse cuenta que con este gesto público, en tal o cual señal de televisión, declaraban aun más sus incompetencias. De hecho, el 18 de octubre, cuando explota todo, ningún vocero de partido se atrevió a pronunciarse, los partidos políticos guardaron religioso silencio y el Gobierno no informó como era debido apelando a una estretegia única, monotemática, cercana a lo que entendemos como doctrina del shock: hay que reprimir a los violentistas, TODOS SON VIOLENTISTAS. Digno de una historieta, los militares a la calle y la represión desatada sin plantearse siquiera un antes que pudo evitarse si hubieran tomado en serio a esos estudiantes secundarios que se atrevieron a lo Thoreau a revelarse contra una ley injusta que solo era la punta del iceberg.  De hecho, pasando el cañón demasiado rápido, el ministro Chadwick no dudó en tildar a todas y todos los que protestaban de “delincuentes”, seguido por Alberto Espina y una intendente Rubilar que hace unas semanas estaba más preocupada de obtener una futura gobernación que de lo que pasaba en Santiago. Lo increíble es que el Gobierno hasta el día de hoy no hace mea culpa de esta Historia, ni toma medidas políticas importantes dando paso al temor de muchas y muchos: los saqueos, quemas, vandalismo, etc. Mientras tanto, ciertamente, muchas cosas pasaron bajo el puente que, sin duda, hacen dudar del actuar de esas mujeres y esos hombres entregados al orden y a la patria. La quema del metro, el orgullo de Santiago, no es más que un símbolo terrible de algo que surgió desde abajo, entre cacerolazos, gritos y bocinas, en el intento de otros por ahogarlo. El “contrato social”, parafraseando al alcalde de Recoleta, Daniel Jadue, uno de los pocos que alzó la voz el mismo día en que reventó todo, se acabó. Es hora de reescribirlo.


Hoy, 20 de octubre, el presidente Sebastián Piñera y su Gobierno siguen mostrándose incompetentes y con una única solución a mano, según ellos: los militares. Han llamado a reunión, sí, pero aun parecen no comprender el fondo del asunto. Cuestión de escuchar sus declaraciones. Esto, aun cuando gran parte de la ciudadanía sigue golpeando sus cacerolas en medio de una anarquía provocada por los mismos, por las mismas, que estaban llamados a ejercer la política. Dejar libre a las milicias en la calle debe ser recordado como el mayor fracaso de esta democracia chilena y Sebastián Piñera como el Presidente de Chile que lo propició en rigor de su evidente incapacidad; en complicidad con todos los gobiernos que le antecedieron. Nadie se salva aquí, las excusas agravarían la falta. No nos olvidemos que este no es un alzamiento orgánico, es más bien una catarsis que en la medida que pasan las horas se va convirtiendo en algo más difícil de sobrellevar. Comprendo a quienes les angustia la violencia. Sin embargo, hacer el intento de ver más allá y entender que sea como sea, ahora nos toca cuidarnos entre nosotros, entre nosotras. 


¿Algo bueno de este momento horrible? Veo a la gente exigiendo aquello a lo que nos arrastraron con su violencia sistemática, incluso a algunas y algunos que nacieron en cuna de oro dándose cuenta de lo que significa esto. Esto, al mismo tiempo que se lucha por defender la dignidad, lo probo, lo sinceramente bueno, contra esos, esas, que se aprovechan de la ocasión para delinquir contra el mismo pueblo, los de cuello y corbata y tacón, primero, los otros ahora, hijos e hijas de un sistema que promueve el tener lo que no tengo, siempre y cuando esto sea transable en el Mercado. Ahora veo a vecinos y vecinas organizándose contra esa violencia anárquica, consecuencia de los políticos que no gobernaron; lo veo, hablando quizá por primera vez desde quizá cuándo y siendo generoso con gente que tal vez no conocía, me incluyo; espero, sinceramente espero, que los uniformados, las uniformadas, entiendan que no le deben nada a esos y a esas, que si existen es para cuidar lo que de todas y todos. Pienso que, pese a la circunstancia, la esperanza siempre existe al final del camino, más cuando esta la reconocemos en el corazón de la gente, que aún sigue ahí. Aun así...


...La responsabilidad política en esto es intransable. Culpo, como ciudadano chileno, abierta y públicamente por su incompetencia a Sebastián Piñera, a su primo y primer ministro, Andrés Chadwick, a toda la cartera de gobierno, a los partidos políticos de Chile, desde el PC hasta la UDI, a los 43 senadores y a los 155 diputados, incapaces, ante todo, de legislar a favor de la gente, de recordar que trabajan para nosotras, para nosotros , para nadie más, porque “el poder es del pueblo”. Si alguien debe renunciar espero que lo haga, pues esto ya los superó hace bastante tiempo. Es tiempo de acabar con la “ley del gallinero”.


La pregunta ahora es qué pasará. No soy adivino. Solo soy escritor. Este ha sido mi descargo, mi opinión. Solo diré:


¡Vivan las chilenas! ¡Vivan los chilenos! ¡Vivan todas y todos!





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